libros_fiesta_peq_mLa fiesta de los toros. Apuntes al natural por Roberto Domingo

Prólogo
Roberto Domingo, su arte es todo vida, vigor, movimiento

Para entender la personalidad pictórica de Juan Roberto Domingo Fallóla (París, 1883 – Madrid, 1956) no puede dejar de recordarse que era hijo y discípulo nada menos que del ilustre artista valenciano Francisco Domingo Marqués (Valencia, 1842-1920), a quien en algunos ambientes se apodaba el Meissonier español y quien pasaba por ser el pintor oficial de la corte española en el exilio parisino, más concretamente de la reina Isabel II.
Domingo Marqués vivió en París entre los años de 1875 y 1914, y en esta ciudad nació su tercer hijo y futuro pintor. La madre, Elvira Fallóla Montellano (¿?-Madrid, 1919), era hija de padre suizo y madre vizcaína. Un retrato de esta señora, pintado por su esposo, se encuentra expuesto en el Museo de Bellas Artes de Cádiz. Naturalmente, Roberto no necesitó acudir a ningún liceo ni escuela especializada para aprender a pintar, pues mamó las técnicas correspondientes en el domicilio familiar (en el número 3 de la Rue de Florence de París).
Con tan solo cinco años, Roberto mostraba sus primeros dibujos a los amigos de sus padres que visitaban el domicilio. Como no podía ser de otra manera viviendo en la Ciudad de la Luz, desde muy joven comenzó a frecuentar los círculos artísticos que bullían por doquier, incluidos los que se generaban en su propio hogar gracias al prestigio profesional y los contactos de su progenitor. Entre estos se encontraba la mayoría de los artistas plásticos españoles. Antes de que Roberto viajase por primera vez a España ya gozaba de un cierto prestigio pictórico en determinados círculos parisinos. En 1905 realizó su primer trabajo por encargo (un cartel publicitario para unas bodegas) y, en 1910, la reputada revista francesa L’Art et les Artistes le citaba entre los jóvenes especialistas en pintura española y destacaba algunas de sus obras de tema taurómaco.
Después de completar sus estudios básicos en el Liceo Carnot , Roberto se matriculó en la prestigiosa academia de pintura y escultura de Rodolphe Julian , donde es probable que no completase sus estudios por considerar que en el referido centro ya tenía muy poco que aprender.
Así, fue en la entonces zona de Neuilly-sur-Seine , donde se había trasladado a vivir la familia, donde comenzó a pintar paisajes tomados del natural, aunque sus genes le impulsaron a viajar a la península para descubrir los cielos altos, el sol y la luminosidad de los paisajes hispanos en contraposición a los colores grises, las nubes bajas y los panoramas con frecuencia lluviosos propios de los bulevares parisinos. Tal vez influido por la arrolladora personalidad de su progenitor, y gracias a su retentiva y su facilidad para el dibujo, simultaneaba la pintura de diversas estampas de la vida cotidiana francesa con cientos de imágenes soñadas de la fiesta de los toros que aún desconocía basadas en los relatos que seguramente escuchaba en su casa. Que su padre era un buen aficionado a la fiesta brava lo prueba una fotografía del futuro pintor de niño, vestido con un traje de luces, tomada en el domicilio familiar.
Como las celebraciones tauromáquicas estaban prohibidas en la capital de Francia pero no en otras villas, a finales del siglo XIX, una empresa promovió una corrida de toros en un municipio de las afueras de París. Los organizadores fueron lo suficientemente ingeniosos como para conseguir burlar la prohibición de estoquear reses bravas en la capital de Francia, y trasladaron la celebración del festejo al pueblo fronterizo de Deuil-la-Barre , conocido por acoger un famoso casino y el balneario de Enghien-les-Bains. Por desgracia, una de las fieras bravas que debían lidiar saltó de la arena a los improvisados tendidos, lo que obligó al auditorio a poner pies en polvorosa y a los espadas a pasaportar la res de la mejor manera que pudieron… con la consiguiente multa que les impuso la Sociedad Protectora de Animales, que prohibía expresamente la muerte a estoque de reses bravas. Esto no impidió que el domingo siguiente se programase un nuevo festejo en el mismo escenario (con Antonio Montes y Félix Robert) . Estas dos sesiones de lidia debieron de ser las primeras a las que asistió Roberto Domingo.
En 1898, Domingo Fallóla publica un trabajo titulado The Vinologo’s Club en las páginas de La Revista Moderna (Valencia). En 1901, La Alhambra: Revista quincenal de Artes y Letras afirmaba de los dibujos Pet & Ploma que “son curiosos de veras los dibujos modernistas del pintor ‘balear’ Roberto Domingo” .
En 1906, con veinte años cumplidos, Roberto llegó a la Estación del Norte de Madrid con el encargo de entregar un cuadro de su padre a un cliente y la intención de permanecer solo dos semanas en la ciudad. En estos momentos, el pintor era un joven alto, tímido, modesto, de complexión recia, faz morena, ancha y despejada frente y apariencia modernista; hablaba el idioma español con dificultades y un fuerte acento francés. Inicialmente, y durante varios años, se hospedó en el Grand Hôtel de Paris, en plena puerta del Sol, propiedad de su abuelo materno y en aquellos momentos dirigido por dos tías suyas, hermanas de su madre.
De manera que llegó a la villa del oso y el madroño el 2 de junio, poco después del enlace matrimonial del rey Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg. El pintor asistió a la “gran corrida de toros” regia programada para realzar la efeméride (con Machaquito, Bombita y Lagartijo), en la que se exigía vestir a “los caballeros de uniforme, los militares de media gala y las señoras con mantilla blanca”. El festejo debió de causarle tal impresión que al finalizar envió a su padre por correo postal el dinero del pago del lienzo que había transportado y le comunicó su firme decisión de quedarse a vivir en Madrid. Nunca más volvió a París sino para visitar a sus padres.
Desde entonces y hasta su fallecimiento, cincuenta años después, Roberto Domingo asistió a todos los festejos que se celebraron en el circo taurino de la puerta de Alcalá —posteriormente en Las Ventas— y levantó acta mental —solo a veces tomaba apuntes en directo— de los principales pasajes de la lidia. Estos cursillos intensivos de iniciación al arte de Cuchares incluían la asistencia a tentaderos, ferias, romerías populares y capeas que se celebraban con motivo de las fiestas estivales de los numerosos pueblos de la provincia y alrededores: Villaverde, Pinto, Chinchón, Arganda, Tarazona…
En estos primeros años en la capital, parece que los consejos y recomendaciones de su padre estaban detrás de la mayoría de sus decisiones relacionadas con la pintura, pues pronto se matriculó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que sentaba cátedra el reconocido pintor valenciano, amigo de su progenitor, Antonio Muñoz Degrain (Valencia, 1840 – Málaga, 1924). En cualquier caso, su asistencia a las clases debió de resultar muy ocasional. Al igual que había sentido unos años antes en París, consideraba que su formación ya estaba cerrada.
Una vez introducido en los círculos artísticos de la capital, con rapidez se hizo merecedor de la tercera medalla de la X Exposición Bienal del Círculo de Bellas Artes de Madrid (1907), gracias a los tres gouaches que presentó. En esta exposición obtuvieron galardones otros cuatro renombrados artistas, entre los que sobresalía el vasco Valentín Zubiaurre. A Domingo, en esos momentos, algunos panegiristas lo señalaban como uno de los mejores discípulos de Sorolla, amigo de su progenitor. La obra que mereció la medalla de bronce, Suerte de varas, fue descrita con minuciosidad en el número de noviembre de la revista Nuestro Tiempo: “Un trozo de sol en la plaza de pueblo; en el primer término, la figura del toro acomete con coraje a un caballo blanco, y al herirle en los pechos, el rocín se levanta de manos, obligando a que su jinete se sostenga, en un prodigio de equilibrio, con los codos apoyados sobre el borde de la barrera”.
En la temporada de 1908, coincidiendo con las corridas del mes de mayo madrileñas, Roberto Domingo expuso una selección de sus obras en una sala de la tienda de José Suárez (Cedaceros, 4), a quien la prensa de esos días tildaba de “inteligente y conocido decorador y mueblista”. Entre el medio centenar de trabajos exhibidos, veintitrés trataban las rancias tradiciones francesas clásicas; los restantes se centraban en escenas propias del costumbrismo paisajista español: playas, aldeas, calles y plazas… y diversas escenas de corridas de toros, capeas y otros episodios de inspiración similar. Tanto los visitantes de la muestra como la crítica especializada ensalzaron especialmente Una carga de caballería francesa del Imperio, El fondeadero de Concarneau (Bretaña), Regreso de la pesca (Valencia), En Longchamp y Le Grand Prix. Por su parte, el 11 de junio de 1908, podía leerse en el diario ABC: “Por la brillantez del color se distinguen las de asuntos de toros originales del Sr. Roberto Domingo”. Esta muestra estuvo avalada por un hijo de Mariano Benlliure, ya que las familias eran muy amigas. Este ejerció de publicista enviando diversas misivas laudatorias a los críticos de arte de los principales medios de comunicación, entre los que se encontraba el periodista titular de las páginas de información artística de El Imparcial, quien el 12 de junio escribió: “Con decir que Roberto Domingo es como pintor digno hijo de su padre, está hecho el elogio de su exposición, a la que dedicaremos la atención que merece”.
La exhibición atrajo a un público numerosísimo del que formaron parte algunos pintores profesionales, destacados aficionados a los toros y a la pintura, además de un nutrido grupo de distinguidas damas de abolengo. Entre los adquirientes de los trabajos expuestos se encontraba el gran estoqueador Antonio Fuentes, quien se mostró asombrado de la justeza con que Domingo había trasladado a los lienzos los distintos episodios de la lidia.
Con motivo de este evento, Javier Betegón y Aparici, crítico de arte en el diario La Época, asignaba a Francisco Domingo Marqués, “sin eufemismos, el nombre del Ribera de hoy”, y señalaba que “el retrato de su madre, hecho por el gran pintor, puede codearse con los de Velázquez y Ribera”. Ese mismo año, su hijo Roberto vendió varios de sus cuadros en una exposición-subasta promovida por la Asociación de la Prensa madrileña en los locales del diario ABC, en la calle de Serrano.
En mayo y junio de 1910, el pintor parisino volvió a mostrar sus trabajos en distintas exposiciones individuales. Gracias a la intervención de Joaquín Menchero, un buen aficionado a la lidia y amigo de los matadores de toros Rafael y José Gómez Ortega, presentó setenta y cinco cuadros —la mayoría de tema taurino— en un salón del almacén de alfombras que José Suárez tenía en la carrera de San Jerónimo, 7 y 9, frente al restaurante Lhardy, propiedad de José Suárez. En esos momentos, la lidia ya era su fuente de inspiración predilecta; los pasajes que recogía (tientas, capeas…) en bocetos de carteles, cubiertas de libros, etcétera mostraban un verismo sorprendente y un colorido aplastante. Completaba estos trabajos con diversos paisajes marinos y playas de la costa levantina, mercados de ganado, monterías, paisajes de Madrid y algunas escenas francesas (cargas de caballería, maniobras militares…). En 1910 pintó por primera vez el cartel de la corrida de la Asociación de la Prensa de Madrid.
La exposición de la tienda de tapices tuvo un gran éxito de público y ventas. Además de los personajes más granados de los mundillos del arte, la literatura y las ciencias, acudieron a admirar la muestra numerosos miembros de la aristocracia y la alta burguesía madrileña, entre los que sobresalían el duque de Medinaceli, el conde de Zubiría o el ganadero de reses bravas bilbaíno Félix de Urcola. Cuando se clausuró la exposición, un amplio grupo de admiradores del artista le ofrecieron un banquete en el Grand Hôtel de Paris, para celebrar el éxito cosechado. A la comida asistió uno de los más reconocidos críticos de arte del momento, quien, recordando la exposición, convino que Roberto Domingo había dado un salto gigantesco en el dominio de las distintas técnicas pictóricas. El 13 de junio, el periódico El Globo reseñó la muestra a pesar de la aversión que su cronista sentía por la muerte de ganado bravo sobre la arena: “Su arte todo es vida, vigor, movimiento, y sus impresiones del circo son la realidad misma, pero no la realidad de la cámara fotográfica, sino la realidad vista a través de un temperamento artístico excepcional. Todos los lances del toreo y escenas de la fiesta están sentidos y ejecutados de un modo prodigioso. El sol que abrasa, la ensangrentada arena, la agonía de las pobres bestias martirizadas, la actitud brutal e inhumana de multitudes ebrias de sangre, rebajadas a un nivel mucho más inferior que el de las mismas fieras, las salvajes capeas de los pueblos, las apoteosis de los héroes de la tarde, todo ha sido tratado por Domingo de un modo único y fascinador”.
Una semana más tarde, el mismo crítico —que firmaba con el alias de Un aficionado— descubrió una de las virtudes más notables del pintor francoespañol, el movimiento de sus composiciones artísticas: “Otra cualidad única que posee el artista y que en ningún otro hemos visto tan desarrollada es el movimiento que imprime a la acción de sus motivos. ¿Quién llegará a hacer moverse las figuras con la verdad y la fuerza que él? En los asuntos de toros, en las carreras de caballos, en los asuntos militares, como las batallas, sin ir más lejos, los toros se mueven y arremeten contra el penco del picador de muy distinta manera a como nos lo habían representado todos nuestros artistas, con más verdad de la manera única que se puede hacer; los caballos corren, y su anatomía es estudiada escrupulosamente en medio de la algarabía y del ensordecedor cargar de la caballería entre nubes de polvo y humo en el frenesí bélico de todos aquellos héroes que quiere y consigue retratar fielmente” .
En 1910, con veintisiete años, Roberto Domingo se hizo acreedor a la segunda medalla de la Exposición de Bellas Artes que anualmente se celebraba en el Palacio del Retiro madrileño, gracias a un cuadro titulado La suerte de varas. También por entonces recibió la medalla de plata en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Buenos Aires.
En esos momentos, las obras de Roberto Domingo ya comenzaban a exportarse a Francia, Inglaterra, Argentina, Florida, Nueva York… Aunque lo que mayor satisfacción debía de producir al artista francoespañol era que adquiriesen sus trabajos artísticos algunos de sus más afamados compañeros de profesión, entre los que se encontraban Ignacio Zuloaga, José María Sert, Ramón Casas, John Sargent —en su primera exposición londinense—, Robert Henri —en una de sus muestras en Norteamérica— o el británico Gerald Kelly.
En 1911, Domingo presentó una muestra de sus nuevos trabajos en una exposición colectiva de ochenta y cinco obras de pequeño formato en el Salón Iturrioz (en la madrileña calle de Fuencarral). En esta exposición participaron otros reconocidos artistas como Chicharro o Valentín Zubiaurre. El especialista en arte del diario La Época E. Vázquez realizó una agria crítica del evento: dudaba de su éxito comercial, por entender que en Madrid eran contadas las personas que invertían en arte. No obstante, respecto al pintor parisino escribió que “Roberto Domingo, el joven y ya famoso artista, expone tres obras, en las que hace alarde de su facilidad en el manchar y de un técnica sobria y precisa. El estudio Descargando pescado nos da exacta impresión del ambiente de las costas bretonas” .
Ese mismo año, sus trabajos de inspiración taurómaca sobresalieron en una muestra colectiva de pintura en el pabellón español de la exposición de Roma, en un espacio conocido como Villa Cartoni.
El 2 de diciembre de 1912, Roberto mostró un compendio de sus obras costumbristas-taurófilas en el prestigioso Salón Parés de Barcelona, en el que llamaron poderosamente la atención de los visitantes y de la crítica varios lienzos abocetados “porque en ellos se veía a un pintor de fibra, a un artista en toda la extensión de la palabra…”, en opinión de la revista La Ilustración Artística.
En esta época ya le situaban entre los más celebrados pintores coloristas, y el Ministerio de Instrucción Pública envió dos de sus cuadros —Conducción de toros y Un marco con cuatro asuntos— para su exhibición en un certamen de pintura anglo-latina que tenía lugar en Londres. Roberto Domingo presentó una de sus obras (El ídolo) en una bienal de pintura y a finales de año participó con tres cuadros —Descabellando, Una de sus bravas y Admirables impresiones taurinas— en una exposición colectiva de ciento sesenta obras en la XIII Exposición de Pintura Española de Buenos Aires.
En 1913, Domingo expuso en solitario sesenta obras en la sala-almacén de alfombras de Joaquín Menchero (carrera de San Jerónimo, 7 y 9), con precios que oscilaban entre las cien y las quinientas pesetas. El crítico de El Imparcial Francisco Alcántara glosó esta muestra de forma apasionada: “La mancha y el color de Roberto Domingo son fuego, gritos, vocerío y empujones de multitud, tumultos, violencias populares. Sus escenas de las plazas de toros son terribles. El doloroso, el clamante bramido del toro en la agonía, traspasa las entrañas; la bestialidad de la lucha y el peligro del torero y la crueldad de la multitud y la confusión trágica de toro, toreros, caballos y danzantes, espanta; porque la muerte amenaza a todos y elige en un momento” .
Ese año, el empresario de la plaza de San Sebastián, Sabino de Ucelayeta, le encargó a Roberto el cartel de la Semana Grande, para el que utilizó la imagen de Rafael el Gallo. Y, a punto de terminar 1913, el 31 de diciembre, exhibió en la tienda madrileña de Rodríguez Hermanos una nueva serie de apuntes taurinos de trazados ágiles, llenos de vida y movimiento, ya convertido en el mejor pintor de la fiesta de los toros. En el apartado correspondiente de la revista Mundo Gráfico hablaban así de la exposición: “En los óleos, acuarelas y gouaches que expuso, aparecían, como siempre en sus obras: el sol, la sangre, las gemas, e incluso los gritos de las plazas de toros”.
Con la llegada de 1914, Domingo exhibió por primera vez en solitario una selección de sus obras en la Galería Baillie de Londres, ciudad a la que regresó tres años más tarde para presentar otra serie de obras taurinas en la Sala Tooth (New Bond Street). En este espacio pagaba doscientas libras al mes, lo que le obligaba a subir los precios de sus pinturas. En estos años también envió algunos cuadros a determinadas salas parisinas. En el curso de 1915, su cuadro El coleo, a propuesta del Comité de la Exposición de Bellas Artes y mediante una orden del Ministerio de Instrucción, fue adquirido por el Estado español por dos mil pesetas. Esta obra se exhibe actualmente en el Museo de Bellas Artes de Madrid .
En 1917, el artista francés amplió sus horizontes artísticos con exposiciones de sus obras en Múnich, Barcelona, Bilbao y San Sebastián, y al año siguiente varios cuadros suyos formaron parte de distintas exposiciones colectivas. En octubre de 1921, parodiando un acontecimiento de similares características que acontecía en París, se fundó en Madrid el Segundo Salón de Otoño, promovido por la Asociación de Pintores y Escultores. El salón contó con la colaboración de numerosos artistas, algunos ya consagrados, entre los que se encontraba Roberto Domingo. A él lo clasificaron en el apartado de jóvenes maestros; según el ABC, “se destaca en primer término por su apunte Parador del Sevillano, un prodigio de composición, de dibujo y movimiento” .
En marzo de 1924, Domingo presentó en el Salón Nancy de Madrid cincuenta cuadros de cuestiones impresionistas, entre los que predominaban los de motivos tauromáquicos, de vigoroso verismo. Esta temporada envió varias obras a un establecimiento comercial de la avenida Francisco Madero de Ciudad de México. Uno de esos originales, titulado Joselito citando en un par, se encontraba expuesto en el escaparate de acceso al local con el objeto de llamar la atención de los transeúntes y ejercer de reclamo publicitario .
A la altura de 1929, con cuarenta y seis años, Roberto Domingo ya era un pintor consagrado. Contaba con un estudio abierto en la calle San Agustín, al que acudían con frecuencia muchos de sus seguidores más fieles, algunos de procedencia foránea, dispuestos a adquirir directamente los cuadros que pintaba el siempre sonriente y amable pintor.
En su estudio, se podían contemplar algunas de las reliquias más veneradas del notable artista, entre las que sobresalía una negrísima testa de toro que le había regalado Rafael el Gallo tras cortarle una oreja. A su lado, junto a un retrato de Cúchares, reposaba un viejo estoque de acero, amén de un lienzo de Solana, un dibujo de Fortuny y un magistral retrato de Francisco de Goya, obra de su padre…

La Lidia y La Libertad
A partir de 1914 volvió a editarse el acreditado semanario taurino La Lidia , al que casi todas las semanas Roberto Domingo enviaba dos magistrales e intemporales dibujos taurinos que servían de portada y para ilustrar las páginas centrales. Su colaboración era especialmente sobresaliente en el número especial que se publicaba el primer martes de cada nuevo año. En esta revista compartía espacio con otro maestro de la pintura taurina, Ricardo Marín Llovet . Por desgracia, esta prestigiosa publicación volvió a parar las rotativas, esta vez para siempre, en 1926. Entonces, Roberto Domingo se incorporó a la plantilla del diario La Libertad.
Entre 1927 y 1936, el artista parisino ofreció sus “Apuntes del natural” en las páginas del citado diario progresista como ilustración de la habitual reseña taurina. En realidad, nunca tomaba los apuntes del natural, sino que los recuperaba de su retentiva visual, en la que quedaban grabados determinados pasajes acontecidos a lo largo de la lidia. Al parecer, solo en dos ocasiones dibujó directamente en la plaza: la primera, con motivo de la cogida mortal de Granero en la plaza de Madrid y la segunda, con la de Joselito, en la de Talavera de la Reina. Seguramente también dibujase en la enfermería de la plaza de Madrid el cadáver de un humilde diestro murciano apodado Gavira, al que un toro corneó mortalmente el 3 de junio de 1927.
En estos diez años de colaboración con el periódico liberal, los dibujos de Domingo complementaban las crónicas taurinas del revistero valenciano Jesús Lloret Gómez, Recorte. Solo muy de tarde en tarde, las revistas de toros aparecían firmadas con otros nombres y seudónimos, siendo el más habitual El Sustituto.
La mayoría de los “Apuntes del natural” de Roberto Domingo —casi siempre tres y, excepcionalmente, dos o cuatro— correspondían a los festejos corridos en la vieja plaza de Madrid a lo largo de la temporada. En ocasiones reflejaban lo acontecido en los ruedos de las cercanas plazas de Toledo, Valladolid, Albacete, Aranjuez —en el día de San Fernando—, así como en los populares festivales benéficos de El Escorial, Chinchón y Tarancón.
Con la salvedad de alguna velada caritativa fuera de las fechas habituales del calendario taurino, Domingo recogía las escenas de los festejos programados los jueves, domingos y festivos como San Isidro, la Virgen de la Paloma, el Dos de Mayo o el aniversario de la Segunda República. En las páginas de La Libertad compartía espacio con el reconocido fotógrafo Alfonso , quien de igual manera reproducía algunas escenas de las celebraciones taurófilas.
Roberto Domingo debió de ser un aficionado taurino muy doctrinal y clásico. Es curioso que nunca pintase a una sola lidiadora. Si bien es verdad que se limitaba a presenciar las corridas de toros y novillos formales que se celebraban en la principal plaza madrileña, y nunca los festejos menores que acontecían en días y horarios distintos de los habituales. Además de los dibujos periodísticos, son incontables los trabajos de Roberto Domingo que han servido para ilustrar las portadas y páginas interiores de publicaciones de tema taurino, entre las que destacan Palmas y Pitos (1913), Zigzag (1923) o La Fiesta (1944)…

Literatura taurina
De igual manera, son innumerables las obras de inspiración taurina pintadas por Roberto Domingo que han servido para ilustrar las portadas y páginas interiores de libros de tema taurómaco, como Crónicas de corinto y oro, de Maximiliano Clavo; El torero de la emoción, de Fernando Gilis, Claridades; Belmonte: El nuevo arte del toreo (1913), de Antonio de la Villa; El libro de Cañero, de Rogelio García; Grandezas y miserias del toreo (1933), que César Jalón, Clarito, dedicó a su jefe de filas Alejandro Lerroux; El toro bravo, de Luis Fernández Salcedo; El restaurante por dentro (1949), obra del propietario del restaurante Julián Rojo… Veinte magistrales dibujos de Domingo sirvieron para engrandecer cerca de doscientos versos alejandrinos del folleto escrito por el poeta y entonces embajador de Francia en España François Piétri —De L’Art Tauromachique (1943)—, en los que se describe el desarrollo completo de una corrida de toros.

Cartelismo
No obstante, tal vez sea en la monumental especialidad del cartelismo taurino donde más ha brillado la pintura de Roberto Domingo. Cientos de obras suyas sirvieron para anunciar las celebraciones tauromáquicas de numerosas ciudades, entre las que sobresalen las dedicadas a las plazas y ferias de Valencia (entre 1916 y 1942), Bilbao (siete carteles, el primero en 1923 y el último en 1946), San Sebastián (varias temporadas consecutivas), Murcia (1927), Quintanar de la Orden (1933), Alicante, Pamplona (el último que pintó para los sanfermines sirvió para premiar al toro más bravo de la feria). Por supuesto, los dibujos de Domingo anunciaron las celebraciones taurinas de Madrid de manera recurrente. Seguramente, una de estas primeras obras anunció la Corrida de la Prensa de 1910 de Madrid. También sobresale el cartel correspondiente a la corrida anual de la Asociación Benéfica de Toreros (con Chicuelo, Lalanda y Villalta), celebrada en Madrid el mes de junio de 1923, que recoge una estampa de la despedida del toreo de Bombita. Tuvo tanto éxito que las copias se vendían a los aficionados al precio de diez pesetas. Muchos años después, el revistero Antonio Díaz Cañabate recordaba esta obra con gran emotividad: “Quizá el mejor cartel de toros que pintó Roberto Domingo fue el anunciador de la corrida del Montepío de Toreros […] Allí vemos la sonrisa de Ricardo Torres, Bombita, paseado a hombros por los toreros […] El cartel de Roberto Domingo, a los viejos aficionados que fuimos espectadores de la corrida en la que se despidió Bombita del toreo nos trae la añoranza de aquella tarde memorable, que constituye una efeméride de las más entrañables de nuestra adolescencia. Para mí, sin duda, la corrida más emocionante que he visto en mi vida. Aquel paseo a hombros que perpetúa el genial cartel arrancó lágrimas a muchos ojos” . Otra composición del pintor sirvió para anunciar la inauguración de la nueva plaza de Las Ventas del Espíritu Santo en la temporada de 1931. Destacaba la bandera republicana que abrazaba la estampa.
Pero más allá del cartelismo taurino, las obras de Roberto Domingo sirvieron para comunicar otro tipo de manifestaciones artísticas e incluso comerciales. Su primer afiche, de 1905, cuando todavía residía en París, sirvió de reclamo gastronómico (“VinMariani, c’est la santé”). En 1918, un cartel suyo hizo de gancho para la atracción del turismo con motivo de la inauguración del Parador de Gredos; en 1932, otro de sus trabajos publicitaba una cinta cinematográfica (Ricardo González, Angelillo, en el Sabor de la gloria), y en otra ocasión colaboró con Lubricantes Spidoléine S. A., de Barcelona, en la promoción de determinados productos automovilísticos.
A raíz de que un día, sin querer, Domingo realizara un apunte a pluma de Juan Belmonte sobre la petaca de un amigo mientras se sentaban a la mesa de una casa de comidas donostiarra, la amplitud y polivalencia de los trabajos del artista parisino se extendieron y alcanzaron la decoración de bolsos femeninos, pitilleras, abanicos, etcétera.

Guerra Civil
En marzo de 1936 se inauguró la primera exposición de pintura taurina de la ciudad francesa de Toulouse, en la que se exhibieron veintinueve pruebas de La tauromaquia de Goya. En la muestra se reunieron obras de numerosos artistas autóctonos de gran prestigio (Jean-Baptiste Achille Zo, Henri Rousseau, Yves Brayer, Cheryl, François Desnoyer…), así como cuadros de reconocidos pintores españoles (Ruano Llopis, Osés, Ochoa, Morata, Martínez León, Jimeno…). Entre ellos destacaban los cuadros firmados por Roberto Domingo.
El estallido de la Guerra Civil sorprendió a Roberto en Madrid, su ciudad de residencia, donde pasó los casi tres años de penalidades sin clientes ni materiales con los que trabajar, aunque se cuenta que aprovechaba las páginas de los periódicos usados para pintar sobre ellas. En julio de 1936 realizó sus últimos dibujos para el diario La Libertad. Once días después del levantamiento en armas de los militares franquistas, el nombre del pintor aparecía relacionado en las páginas del periódico La Voz, entre varios cientos de personas, como donante de cincuenta pesetas entregadas dos días antes en una suscripción abierta por el Ministerio de Industria y Comercio a favor de los primeros heridos y caídos en las escaramuzas protagonizadas por los milicianos del Frente Popular .
Todavía el tercer domingo de agosto de 1936, un cuadro con la firma de Roberto Domingo, casi seguro correspondiente a un viejo festejo, sirvió para anunciar el festival patriótico-taurino que presidió Lluís Companys y que sirvió para reabrir la plaza de toros Monumental de Barcelona.

Posguerra
Los recursos económicos de que disponía Roberto Domingo en la posguerra debían de ser muy escasos. Solo un año después de finalizada la asonada castrense, en mayo de 1940, exhibió treinta y ocho cuadros en el Salón Cano de Madrid (en la carrera de San Jerónimo, 38), todos ellos de una gran luminosidad y técnica depurada. A falta de mejor material, cuatro de estas obras aparecían pintadas sobre cobre. En la exposición sobresalían los cuadros titulados El sermón, Encierro romántico y, según el ABC, Reichshoffen 1870 , obra “de gran vivacidad y dramático empaque”. Esta obra reflejaba una batalla de la guerra entre Francia y Prusia en 1870, tal vez como concesión a los recientes ganadores de la Guerra Civil, pues ya hacía muchos años que no reproducía escenas de inspiración militar.
Ocho años después, en febrero de 1948, Domingo participó en una exposición colectiva en la Sala Dardo de Madrid, en la que sus obras aparecían junto a obras de Vázquez Díaz, entre otros. El 11 de marzo de un año más tarde compareció en la Sala Calles (Hortaleza, 41), con una muestra en la que seguía reflejando fielmente las distintas tradiciones populares, tal como informó con detalle el periódico ABC, que calificaba a Domingo de “gran dibujante con una técnica apoyada en la tradición del gran impresionismo español del siglo XIX” e indicaba que en muchos pasajes recordaba el genio de su padre . Los primeros días de este año acudió al Círculo de Bellas Artes de Valencia, ciudad de la que se le consideraba originario, coincidiendo con el descubrimiento de una lápida en memoria de su progenitor, Francisco Domingo Marqués, en la calle a la que daba nombre. Aprovechando la ocasión, Roberto abrió una magistral muestra de gouaches de marinas, láminas de soldados y caballerías castrenses y, sobre todo, una variada colección de estampas taurinas.

Adiós para siempre
A las doce en punto del 5 de agosto de 1956, cuando contaba setenta y tres años, Roberto Domingo falleció en su ciudad adoptiva, Madrid, a consecuencia de la hepatitis crónica que venía arrastrando desde un año y medio antes y que le tenía apartado de sus actividades profesionales. En los últimos días de su existencia, acudieron a despedirse de uno de los últimos pintores del expresionismo español numerosos compañeros de profesión, amigos y clientes. Domingo no dejó descendencia y así lo recogía la lúgubre esquela publicada en las páginas del ABC.
En el medio siglo de actividad pictórica, había frecuentado a todas las figuras del toreo, desde Joselito y Belmonte a Manolete. Su último trabajo fue un cuadro que reflejaba una suerte de varas, y que sirvió para distinguir al toro más bravo de las corridas pamplonesas de 1955.
En marzo de 1957, se presentó una exposición póstuma de sus obras taurinas en la Sala Toisón de Madrid (Arenal, 5). En las últimas décadas solo había realizado exposiciones de manera ocasional, una en la Sala Calles de Madrid, en 1949, y otra a finales de noviembre de 1951 en la sala madrileña de Los Madrazo, 25.
En esta última época tenía un estudio de trabajo abierto en la calle de Alcalá, justo enfrente del pasadizo de la Casa de Correos, hoy Ayuntamiento de Madrid. Su domicilio particular se encontraba en la calle de Goya, 42.
Aunque cultivó el óleo, sus preferencias eran los gouaches, los aguafuertes, los dibujos a plumilla y con tinta china. Sus incontables obras artísticas, pues fue un pintor infatigable, se encuentran desperdigadas en cientos de colecciones privadas y museos de todo el mundo, incluidos los de Madrid, Valencia, Bilbao, Granada, Cádiz…
No muy lejos de la plaza de toros de Las Ventas, cerca de la avenida de los Toreros, se encuentra la calle Roberto Domingo, que en su día le dedicó el Ayuntamiento.
Casi medio siglo después de su muerte, en 1999, se organizó la exposición “Roberto Domingo (1883-1956)”, comisariada por María Dolores Agustí, a su vez autora del magistral catálogo de la muestra. El Ayuntamiento de Madrid acogió esta exposición en el Centro Cultural del Conde Duque, y la Autoridad Portuaria de Valencia, en el Edificio del Reloj del Puerto de Valencia. Con ochenta y cuatro cuadros de Roberto Domingo, de propiedad pública y privada, al evento asistieron cerca de ocho mil personas.

 

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