El toro de Bilbao (2)

El toro de Bilbao (2)

Históricamente, Vista Alegre ha sido una plaza muy tradicional. Para la confección de sus combinaciones taurinas del mes de agosto se primaba la adquisición de los mejores toros de las ganaderías más señeras. Siempre ha sido norma de la Junta Administrativa pagar -como mínimo- una peseta más que el resto de las plazas -incluida la de Madrid- con objeto de garantizar la presentación de los mejores ejemplares de cada una de las camadas. Según Indalecio Prieto[1], la Comisión Taurina escogía los bureles de mejor nota, de manera que, “Si al terminar la temporada de agosto y cobrar sus estipendios, Yandiola les decía (a los matadores) “hasta el año que viene”, tal despedida significaba el ofrecimiento de un nuevo contrato, y lo mismo pasaba con los conocedores de las ganaderías de Pablo Romero, Parladé, Muruve, Miura…que desde aquel instante se dedicaban a elegir, entre lo mejor de sus vacadas, los toros que habían de correrse allí doce meses después. Porque el prestigio de las Corridas Generales de Bilbao reposaba sobre la calidad del ganado, constituyendo aquellas un verdadero concurso de ganaderías”.

El prestigio del coso botxero se sustenta en el trapío de toros que en el mismo se corrían. El político socialista, resumió la importancia que tenia la plaza bilbaína: “…ningún torero, aunque hubiese tomado la alternativa en Madrid, se consideraba en el pináculo si no actuaba en las grandes corridas de Agosto”.

 

Al largo del tiempo, las centenarias Corridas Generales han pasado por diferentes etapas. De manera que la reatas de bureles que se reseñan para su lidia en agosto, no siempre se corresponden con las expectativas de los aficionados, a pesar de que la Junta satisfaga el precio más alto por los mismos, en opinión del maestro de la critica taurina, Gregorio Corrochano[2], en su resumen correspondiente a la feria de 1917: “La presentación de las corridas de Bilbao me han desilusionado. Me dijeron que se pagaban los toros a 14.000 pesetas, más que en ninguna parte, porque era la flor de las ganaderías, y yo he visto mas flor por menos dinero en otras partes”.

 

No obstante, el revistero madrileño reconocía que la presentación de los encierros de ese año fue impecable y digno de la tradición torista de la Villa: “Ya que del ganado hablamos, diremos que la corrida estuvo admirablemente presentada, como para Bilbao, que es, por lo visto, la plaza que todavía respetan los ganaderos”[3].

 

Otro testigo de la edad de oro del toreo, el periodista y político riojano, Cesar Jalón Clarito[4] -durante varios años vecino la Villa y espectador habitual del teatro taurino- recogió el comportamiento de la afición bilbaína que acudió a presenciar las Corridas Generales de 1924:” La feria agosteña discurre a torcidas. Su publico, aficionado y severo -aun no diluido en el almíbar femenino y turístico-, está muy de uñas; más encrespado y áspero que los ásperos y crespos toros -sin trampa en la edad ni peto mojingangueros- de sus acreditadas corridas generales”.

 

Otro revistero botxero, Jesús de la Maza Currito -espectador habitual del coso de Abando-, resumió la temporada de 1951 y el juego que ofrecieron las diversas toradas: “Mas el domingo los toros de Guardiola -toros de Bilbao en teoría- muy bien criados, muy añosos, no resultaron aptos, ni mucho menos- excepción hecha del segundo que tuvo el inconveniente de ser poco picado- para proporcionar una buena tarde de toros.

 

Veinte años más tarde, en 1970, el toro de Bilbao seguía marcando la diferencia respecto al que se corría en otras plazas peninsulares, incluidas las de primerísima categoría, tal como recordó Alfonso Navalón: “Un toro para Bilbao se distingue entre mil. Basta con que tenga cuatro años musculosos y elásticos[5].

 

Ignacio Aguirre Borrell, diplomático, escritor, y aficionado a los toros, acudió durante varias décadas a presenciar los festejos agosteños, de los que dejó su visión:” Las Corridas Generales de Bilbao almacenan una importante carga de tradición. Como premisa especial, el toro es protagonista, y afición, autoridades y veterinarios no abdican de este principio. Ello quiere decir que, con toda seguridad, veremos el toro con kilos, hecho, cuajado, de respeto. Pero, además, lo veremos en clima de seriedad…

 

Otro respetado notario de las corridas agosteñas, desde los años finales del s.XIX, Ignacio Álvarez Vara Barquerito[6], analizó -en su resumen de la temporada de 1995- las características acerca de las reses que se corren en el ruedo de Abando:

 

Los toros de Bilbao aparentan lo que dicen pesar. No se miden, además, por sus carnes sino por su trapío. Y trapío impecable -cuajo, hondura, cara- han tenido las ocho corridas de la Semana Grande”

“De las tres grandes ferias toristas españolas -además de Pamplona y Madrid- la de Bilbao ha sido este año la de más leña. La misma de Samuel Flores, espectacular, tuvo más voluntad y envergadura que la lidiada en San Isidro. La de “villamartas” de Guardiola Fantoni dio en la báscula una media de seiscientos y pico kilos. Más astifinos, imposible. Las perchas de la de Cebada Gago eran impresionantes”. Y para completar su análisis. Barquerito remató su crónica, afirmando, “De modo que la Semana Grande de Bilbao ha sido un museo viviente de toros”.

 

No menos descriptiva fue la opinión de otro especialista tauromáquico, José Antonio del Moral[7], espectador habitual de Vista Alegre, durante más de medio siglo:

Detrás de cada tópico hay una verdad. Por ejemplo, esta: la importancia de la feria de Bilbao. Todos la temen, la respetan. Todos son conscientes de su repercusión. Y, en efecto, Bilbao es la tercera cumbre de la temporada, la más alta y la que más cuesta subir a los toreros. Por dos motivos. Uno derivado de la fecha –sorpresa de agosto, tras la comodidad que sigue a San Isidro-, y otro fundamentalísimo, que determina la organización de sus corridas. Esta es la clave de la feria de Bilbao, consecuencia de una tradición eminentemente torista, la Junta Administrativa de la plaza de Vista Alegre vigila y exige a la empresa arrendataria. Ambos aúnan sus esfuerzos para conseguir no sólo los mejores encierros de las más prestigiosas ganaderías, sino para contratar a las figuras más encumbradas”.

 

 


[1] Indalecio Prieto. Historia de una plaza de toros (27 de septiembre de 1961). De Mi Vida. Ediciones Oasis. S.A. (Méjico)

[2] Gregorio Corrochano. La Edad de Oro del Toreo. Espasa y Calpe.

[3] Gregorio Corrochano. ABC, miércoles 23 de agosto de 1916.

[4] Cesar Jalón. De Clarito. Guadarrama,1972.

[5] Alfonso Navalón. Informaciones, 19 de agosto de 1970.

[6] Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”. Suplemento de Toros. Diario.16. Madrid, 27 de agosto de 1996.

[7]  Juan Carlos Arévalo y José Antonio del Moral. Nacido para morir. Espasa Calpe.

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